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Grandes genios que fracasaron en el colegio

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Por Patricia Jaraquides
Twitter: @poppyalbussac
Colaboradora de Aula de los recursos


¿Cuántos alumnos hemos visto a lo largo de nuestra vida que, por más que estudien, acaban suspendiendo? Esos alumnos que se esfuerzan y que, al mismo tiempo, están garabateando el cuaderno mirando por la ventana. O apuntando ideas para una novela o una canción. Estos alumnos, normalmente, terminan fracasando en los estudios por falta de motivación. No logran aprobar los exámenes porque su mente está muy alejada del aula. Les cuesta mucho estudiar y concentrarse. Sin embargo, estos estudiantes son unos visionarios: van por delante del resto.

Albert Einstein es un claro ejemplo de dichos alumnos. No aprendió a hablar hasta los cuatro años, tenía grandes dificultades para el aprendizaje y en el colegio sus profesores lo calificaron como un niño lento y muy soñador. Este chico no llegará a ningún sitio”, afirmó uno de sus profesores. Y este pequeño soñador fue, y sigue siendo, el mayor científico del siglo XX.

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Lo que todavía tienen que aprender los nativos digitales

Los niños saben desbloquear un iPad o subir una foto a Facebook, pero aún no tienen una educación en valores que les enseñe las implicaciones de esos usos

Paula se levanta y camina descalza hasta el salón, trepa hasta el sofá, presiona el botón de inicio de un iPad, pulsa los cuatro números de la contraseña y se conecta a YouTube. Todavía no ha aprendido a leer y solo atina a garabatear su nombre y algunas letras, pero sabe que el icono con la carpeta la lleva hasta los vídeos que ha visto recientemente; allí encuentra decenas de extractos de capítulos de La patrulla canina y hace scroll hasta encontrar su favorito. Puede desbloquear todos los móviles que hay a su alrededor, enviar mensajes de voz por WhatsApp, entrar en las cuentas de Facebook de sus padres para ver fotografías y acceder a las cuentas de Instagram de sus hermanas.

Lo que Paula no sabe es que si sube una foto de sus pies o de sus juguetes a la cuenta de su padre, habrá 259 personas que podrán verla, compartirla y comentarla. No sabe que puede quedar flotando en la red, porque el contenido que subimos a la red social es público, y pasa a estar disponible para su uso y distribución. Tampoco sabe que, si su padre tiene activa la geolocalización, cualquiera podrá saber dónde está. A Paula, por el momento, no le hace falta tener conciencia de todo eso porque sus padres están vigilando el traqueteo que da a sus móviles y tabletas. Ella está a punto de cumplir cinco años. A su alrededor, mientras, crecen varias generaciones que, habiendo cumplido los nueve, los 13, los 18 o los 25, tampoco tienen conciencia ni conocimiento sobre la tela de araña que supone la red.

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